Dos aspectos se revelan furiosamente en la lectura de Precoz (y lo mismo ocurría con su novela anterior, La débil mental). El primero es la intensidad: un episodio se sucede detrás de otro, a veces sin aviso, y todo el tiempo se producen como pequeñas explosiones, una suerte de círculo enrarecido, vicioso y también viscoso. El segundo -pero en realidad están íntimamente conectados- es el lenguaje: no sólo por su violencia, por cómo trabaja el contraste, sino por el modo sorpresivo de adjetivar y, asimismo, de vulnerar la sintaxis a cada rato, como si trabajara febrilmente sobre las sensaciones y los estados de ánimo, montada en la borrachera literal pero sobre todo emocional de esa madre que está enferma de amor por su hijo, esa madre que enferma a su hijo porque no sabe contener su amor (soy su nube, su perdición, dice en un momento la narradora, y es una síntesis inmejorable de todo el libro).